La galería
Casa del Barrio inauguró el miércoles 6 de agosto “Florita Almada”, una exhibición de arte contemporáneo del artista visual ecuatoriano
Jorge Morocho, quien reside en Suiza y estuvo de visita en Ecuador a propósito de la muestra.
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A la evidente pregunta sobre el título de la exposición Jorge Morocho (Guayaquil, 1992) comenta que Florita Almada es un personaje secundario de la monumental novela 2666 de Roberto Bolaño. En el libro se la caracteriza como una vidente -una psíquica que aparecía en los medios– que sobresale como un referente de dignidad y conciencia ética en medio de una sociedad indiferente, encarnando la memoria y la resistencia pasiva en una ciudad
atrapada por el mal. Al artista le atrajo que Almada “se sitúa en un lugar intermedio entre lo ritual, lo incomprensible, lo profético, lo grotesco y lo mediático”. De alguna manera esta figura le recordaba a su tía Rosita. Este antecedente, que había que despejar, es tan solo una instancia más de la dislocada articulación de imaginarios que cita y reúne el artista en su obra.
De amplio espectro en cuanto a las fuentes y estilos visuales implicados, estos —que se filtran en su experiencia cotidiana consumiendo imágenes de todo tipo— pueden provenir del mundo publicitario, cinematográfico, literario, de la cultura popular, del espectáculo, del esoterismo, de lo paranormal o de lo ordinario. Morocho, y unos pocos otros de su generación, refrescaron localmente los ángulos con que operaba la apropiación y reciclaje de imágenes, distanciándose de la generación previa a ellos, donde este recurso se caracterizaba por el desvío, la resignificación e ironía con filos político-activistas inclinados hacia lo coyuntural.
La variedad de lo expuesto en esta muestra es, en primera instancia, provocadora: ninguna pieza se parece a otra. Si bien hay un procedimiento subyacente —intelectualmente decantado—, no hay manierismos pictóricos que unifiquen su gesto, un riesgo que pocos artistas locales toman una vez que desarrollan una poética estable y una gramática de estilo reconocible.
Esto es algo que Morocho prefiere esquivar; para él la pintura es una herramienta que emplea más con sospecha y frialdad que romanticismo, desprovisto de inocencia y cuestionando sus mecanismos a lo largo de su propia tradición (pensemos, por ejemplo, en las respuestas condicionadas del público hacia los múltiples estilos de manchas en la abstracción de la Escuela de Nueva York). Hoy en día, reforzando esta idea, el artista habla de abordar
la pintura como simulacro. Al hacerlo sitúa, además, una postura recelosa con respecto a la pintura dentro del engranaje comercial del mundo del arte, lo que supone una vuelta de tuerca adicional a la larga tradición de crítica institucional en tiempos del capitalismo tardío y de la hipertrofia de imágenes que satura nuestro presente. Dentro de estas coordenadas es que parece indagar en cómo se absorbe o circula la avalancha manipuladora, estimulante
o calmante, del universo visual que nos rodea.
Es decir, la idea no sería abordar aquella obra de cualidades murales como una poética alrededor de la ontología felina, sino tal vez como un ejercicio pictórico (bastante complejo como tal si reparamos en sus detalles) en el cual inscribe una exploración de significado que aspira a cierta profundidad, que habita en la lógica inatajable detrás de sus desorientadoras
conjunciones. Pero aquello depende, en gran medida, del perfil del espectador, idealmente inquisitivo, cultivado y comprometido con su capacidad de análisis. Morocho admite que está reparando en el mercadeo y sus propósitos, o en procurar “hacer una pintura que logre reflejar la banalidad surreal de lo feo y encantador que está inscrito en el calendario”, o en hurgar alrededor de la “semiótica del consumo”; pero enfocarse solo en aquello sería reducir injustamente a algo demasiado específico su impulso, y nos obligaría a articular lecturas rebuscadas y verbalmente efervescentes para cada una de sus piezas, clausurándolas. Yo me quedo entonces con el elemento de perplejidad que desatan, la atracción que causa lo que no podemos desentrañar con exactitud y las meditaciones que ello suscita: después de todo hay casos en que necesito creer que -siguiendo a Bruce Nauman- el verdadero artista ayuda al mundo revelando verdades místicas… ¿o no?
Bajo la superficie de lo banal y corriente, las obras de Morocho insinúan una extraña elocuencia que esconde un significado mayor, algo que se ha ido complejizando a lo largo de su carrera, a medida que muta el calado de sus intereses, perspectivas, e —inclusive— las variopintas soluciones formales con que resuelve cada pieza. Por ello este artista, ahora a sus 33 años, es un caso difícil de perfilar y resulta esquivo: la discursividad potencial de cada obra, que enfatiza algún pastiche atomizado y excéntrico de la cultura, hace que el conjunto se torne difuso y hasta dotado, a ratos, de un aura incongruente. Pero justamente aquello (el filo, el riesgo y la búsqueda filosófica que habita en sus exploraciones) es lo que lo vuelve interesante.
«Cada pintura me pertenece en el instante en que la comprendo», dijo alguna vez Martin Kippenberger, lo que me hace pensar que Morocho se ha empeñado en que sus obras, semióticamente inabarcables, nunca dejen de ser del todo suyas.
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Texto curatorial: Rodolfo Kronfle Chambers
Fotografía: Ricardo Bohórquez
Giuliana Vargas, directora de Casa del Barrio.
Dirección: Calle La Moderna 5-6. Vía a Samborondón (Ecuador)