Las históricas plazas de Quito
El valor del vacío en la ciudad
Este artículo, nace poco después de la partida definitiva de mi compañero de vida, Rolando Moya Tasquer (1940-2025), trayendo de mi recuerdo su modo de ver a la ciudad, el paisaje, la historia, la gente, era una manera singular, siempre llena de poesía lo que hacía a sus reseñas textos memorables. Por eso empezaré tratando de acercarme a su manera, nutriéndome de escritos que compartimos en tiempos pasados, para hablar de Quito.
Quito, emerge en su particular emplazamiento, acompañada de la majestuosidad de su topografía, configurando un paisaje único, con un clima templado, temporadas secas y húmedas, y la presencia de una luminosidad intensa y una atmósfera diáfana, extendiéndose a través del tiempo en el alargado valle interandino, en un cambiante entorno paisajístico. En su entorno, perfiles montañosos, densos bosques, geométricos trazados de cultivo a alturas insospechadas, de variedad de tonos verdes, desaparecen de la mirada por momentos, sutilmente abrazados por la neblina. Espacio y tiempo se confabulan para hacer siempre único y sorprendente el hermoso paisaje natural, urbano y arquitectónico.
Los orígenes de la ciudad se pierden en la inmensidad del tiempo, quedan aún tanto sin desentrañar de las huellas del pasado que la antecedió, la vio nacer nuevamente y crecer, alcanzar su múltiple capitalidad, nacional, provincial, metropolitana, y llegar al momento en que fuera reconocida en 1978, como Ciudad Patrimonio Cultural de la Humanidad. En el nombre de Quito se pueden leer “las huellas de su historia más remota”, la de sus primeros habitantes, y en su extensión metropolitana su existencia como “un centro de articulación e intercambio inter-regional”. Las huellas de la fundación española la hicieron ser parte de un “sistema colonial urbano, extraordinario por la cantidad de ciudades y el tiempo en que fueron levantadas”, sobreponiéndose a las huellas primigenias de sus antiguos habitantes autóctonos.
La ciudad de Quito, “emplazada en el estrecho valle a 2850 msnm, al pie del imponente volcán Pichincha, a solo 20 km de la línea equinoccial”, con un trazado en damero, “con su precisa definición de calles y manzanas, seguía una retícula ortogonal, que tuvo que adaptarse a variados niveles y profundas quebradas, marcándose claramente la diferencia entre la ciudad y su entorno natural”.
En una relación permanente de construcción y vacíos, la ciudad encerraba entre sus manzanas aquellas que eran el vacío de sus plazas, mientras las manzanas de la ciudad encerraban el fondo libre del terreno de sus casas conformando un espacio no construido al centro de sus manzanas.
Así Quito era obra humana, intensamente humana, abrazando con su racionalidad de ángulo recto, a la pródiga, feraz, a la vez sutil y extraordinaria naturaleza andina.
En ese devenir de los siglos desde su existencia, su conformación urbana y arquitectónica creció a ritmo lento, en forma concéntrica, hasta que a partir del siglo XIX y más a inicios del siglo XX, por el influjo de transformaciones socioeconómicas de la revolución liberal, se produjeron la incorporación al mercado internacional, grandes migraciones internas y la expansión de la estructura física urbana que se desbordó de su cuadrado original adoptando un patrón de crecimiento en sentido longitudinal, hacia el norte, hacia el sur, superando barreras geográficas. En la década de 1970-1980, el crecimiento incontrolado provocóprocesos de expansión, renovación y tugurización urbanas, que afectaron fuertemente al casco originario y a su población.
En ese proceso de crecimiento y en esa década se configura el Centro Histórico, como un objeto de estudio, se reconocen los efectos producidos en su estructura urbana y arquitectónica y a la vez se valora, no solo la permanencia de una rica arquitectura histórica, sino su trazado urbano significativo. Se ponen en marcha disposiciones normativas y de planificación que dan efectos diversos a su imagen física, mientras la ciudad continúa creciendo en un panorama heterogéneo. En las últimas décadas del siglo XX, cambió su imagen tendiendo a conformar una ciudad moderna, vertical, en la que el peatón dejaba de ser protagonista del espacio urbano, en un panorama heterogéneo, entre el crecimiento espontáneo y sucesivos esfuerzos de planificación, en los que se establecieron límites de las áreas de protección y preservación urbana y arquitectónica.
A pesar de los profundos cambios anotados, la persistencia del Centro Histórico como origen y escenario único, tiene dos elementos significativos de orden general, “una estructura basada en la retícula ortogonal extendida sobre el ondulado territorio” que persiste, lo que indica la voluntad creadora que la impulsa y el arraigo ciudadano de su presencia histórica. El otro, tres plazas principales que se insertan en ella, con sus vacíos definidos por el límite edilicio que los rodea, delineado por un conjunto de edificaciones de alto valor histórico arquitectónico incluyendo arquitectura monumental que se inserta en ella.
El Centro Histórico es un escenario único, denso, apretado, donde las calles parecen canales abiertos en su masa, que la acompañan, se ondulan o ascienden siguiendo los desniveles naturales, y se prolongan en escalinatas. Las plazas, son los vacíos llenos de contenido, donde respiran los ciudadanos, celebran la vida y las festividades, protestan y construyen la historia. Desde lejos, la quinta fachada se muestra con la textura terracota de sus tejas dentro de la cuadrícula urbana envolviendo los vacíos. La diversidad arquitectónica está sujeta al orden urbano y al devenir estilístico que refleja, sometido al orden mayor. Espacios urbanos y conjuntos arquitectónicos, se constituyen en “nodos e hitos” significativos que concitan mayor confluencia urbana.
Las plazas
Tres, más una que las anuncia, son los vacíos históricos, los nodos, que ponen en valor urbanismo y arquitectura en el centro histórico de Quito; conformados desde los años fundacionales y durante la infancia de la muy noble y leal ciudad, y que en el presente mantienen su protagonismo.
A las plazas, nodos fundamentales, se suman las plazoletas. Las tres plazas principales son la Plaza de la Independencia o Plaza Grande, la Plaza de San Francisco y la Plaza de Santo Domingo, a ellas se integran por el sistema de las calles, la Plaza del Teatro, y las plazoletas de La Merced, Benalcázar, de San Agustín, de Santa Clara, del Arco de la Reina, de la Victoria y San Roque.
La Plaza Grande
La Plaza de la Independencia, entre las calles vehiculares Venezuela y García Moreno y las calles peatonales Chile y Espejo, es el corazón del Centro Histórico, su vacío central, fue fundada a la par que la ciudad en 1534 y figura en el plano más antiguo de Quito, incluido en la Relación Anónima de 1573; aunque no fue la plaza fundacional sirvió de cuadro inicial del trazado colonial. Se la denominaba Plaza Mayor, contenía una pila de agua que provenía de la quebrada de Zanguña, para abastecimiento de los vecinos. En el siglo XVII, la rodeaban la Audiencia, la Catedral, el Palacio Episcopal, la iglesia de la Concepción y la casa de los jesuitas. Su piso originalmente era de tierra y fue empedrado, sufrió cambios en el tiempo, a finales del siglo XIX, estuvo rodeada por una verja de hierro; con motivo de los festejos del Centenario, adquirió sus características actuales y su nombre, que expresaba el deseo e intención de fortalecer a la República.
La Plaza Grande nombre con que popularmente se la conoce, es un vacío que acoge a los ciudadanos en sus manifestaciones, cuya estructura geométrica de ejes diagonales que parten de su centro genera en su trazado espacios de estancia y de circulación, con árboles, césped y jardines. Las verjas sobre bases y pilares de mampostería diseñados por Lorenzo Durini en 1904, permanecieron hasta la década de 1940, cuando fueron retirados, afirmando su carácter de espacio público abierto. El monumento a los héroes del 10 de agosto de 1809 también obra de Durini, realizado en piedra, hierro, plomo y oro, sobre base de mármol, señala el centro de la plaza y conmemora el centenario de la independencia con la imagen de la mujer que eleva su mano en alto con la antorcha, simbolizando la libertad, acompañada en su base de otros elementos alegóricos. Ingresando a ella entre los canteros prolijamente cuidados, las miradas decurren entre el follaje de los árboles para focalizarse en el conjunto escultórico. Los bancos de piedra invitan a sentarse como lo hacen diariamente los jubilados, usuarios acostumbrados que en su descanso ven pasar los días cotidianos y las bulliciosas manifestantes de variados grupos políticos.
La plaza fue y sigue siendo lugar de expresiones sociales y políticas, congregadas al frente del Palacio de Gobierno que ocupa toda la cuadra, mientras, los otros edificios en su entorno, le hacen armónico coro, representan a los poderes políticos y religiosos congregados en la plaza, la Casa Municipal al frente, moderna y democrática, extiende su galería a lo largo de la calle invitando al ingreso a su gran hall de exposiciones que antecede al gran Salón de la Ciudad de uso público. En otro de sus lados, la Catedral,donde reposa Sucre, héroe nacional, en su mausoleo, se abre lateralmente en la mitad de su nave, con el acento del arco de Carondelet y su singular escalinata, estableciendo una relación con el espacio público. De los otros dos frentes, uno dialoga con el ritmo de las secuencias de columnas y pilares que albergan las galerías cubiertas del Palacio de Gobierno, sede del poder político nacional que data de 1600 reconstruido en 1800. El otro frente, muestra las galerías del Palacio Arzobispal convertido en centro comercial en el siglo XX, erigido a partir de 1700. Ambos edificios ostentan una arquitectura articulada congalerías y patios interiores. En las esquinas se advierte junto a antiguas expresiones como la iglesia de la Concepción, el efecto de la modernidad en el diseño de los edificios, a través del contraste de historicismos como el Hotel Metropolitano (FONSAL) o de la residencia Chiriboga, ambas construidas en el siglo XX, y la arquitectura de fachadas de formas puras como en el edificio La Previsora. Al presente, renovadas funciones culturales y museísticas ponen en valor y uso estas edificaciones, haciendo del punto focal y alrededores, espacios de uso activo.
Así, la Plaza Grande, expresión de la modernidad decimonónica, sigue siendo el sitio funcional y simbólico de los poderes públicos, políticos y religiosos, y el activo espacio de solaz de expresiones políticas y sociales populares, de paso, descanso y de silencio.
https://maps.app.goo.gl/U84hFJNaEJn1bnkU6
La Plaza de San Francisco
La Plaza de San Francisco, es históricamente la plaza por excelencia de la ciudad, desde 1535, su espacio vacío domina la percepción y focaliza la mirada hacia la doble escalinata que accede a iglesia de san Francisco, y la sobria puerta que antecede al Museo en el convento, percibiendo su extraordinaria relación con el contexto urbano del trazado colonial, reconocida como una de las más bella de Sudamérica.
La posición de la iglesia se ajusta a la cuadrícula urbana, conformándose ligeramente irregular, lo cual pasa desapercibido ante la magnificencia del conjunto. Desde un extremo comienza con la joya que es la capilla de Cantuña, le sigue la pequeña capilla de san Buenaventura, la iglesia y el convento de san Francisco, todo nacido de mano y creatividad de fray Jodoco Ricke, en la plaza configurada a inicios del s. XX cuyo diseño se debe a Lorenzo y Francisco Durini, Raúl María Pererira y Gualberto Pérez. Esta plaza, al pie del volcán Pichincha, fue el sitio de la primera orden religiosa asentada en Quito en 1534, y a la vez el vacío, que antes fue el tianguez o mercado indígena prehispánico, luego como en un interregno, una pausa, la ocupó un trigal.
Finalmente, el vacío devino en un gran obrador de abigarrado conjunto humano, picapedreros, albañiles, carpinteros, ladrilleros y tejeros uniendo saberes de españoles e indígenas que asumió las actividades de la construcción de la gran obra, luego proveyó de agua, y formó parte del conjunto religioso con las sencillas covachas que expedían alimentos en su base. A su alrededor, la plaza albergó y fue centro de pintores, lugar de residencia de personajes importantes de la cultura, tuvo librerías, casa de fotografía, más tarde y desde la época republicana fue el espacio de mayor convocatoria popular y política, a nivel urbano y nacional, el lugar conservó intensa actividad, social, popular, masiva y activa, hasta el presente.
Su gran vacío se llena, cuando convoca a visitantes y especialistas a estudiar el magnífico conjunto religioso de san Francisco de 31 000 m2, compuesto por el convento (1537-1560)una extensa construcción en una manzana que se realiza alrededor de nueve patios, dos principales, alrededor del claustro, de los dieciséis originales. Un patio de dos pisos con arquerías alrededor en las dos plantas, con diseño de jardines y palmeras, dos pilas de agua y las huertas. Se ha descubierto en los cimientos del convento vestigios de asentamientos indígenas, que se explican por la política española de asentar sus obras sobre edificaciones autóctonas importantes.
El claustro principal, poseía un altar en cada esquina, el claustro norte está destinado al Museo, en sus espacios funcionaron un orfelinato y un importante colegio donde se enseñaban oficios a los indígenas. En la edificación se observa el contraste entre la simplicidad de la construcción de madera y muros enlucidos destinados a la vida monacal y la riqueza ornamental barroca de los espacios de culto.
https://maps.app.goo.gl/yS4ESkXfKA7HfafQ6
La Plaza de Santo Domingo
Se conoce que la Plaza de Santo Domingo fue mencionada por primera vez en 1538, su historia tiene larga data, por su extremo sureste era la puerta de entrada a la ciudad desde el sur, parte de la ruta comercial con Lima y lugar de encuentro ciudadano, por vestigios encontrados en excavaciones del colegio aledaño se supone la existencia anterior de un importante asentamiento indígena. El punto de ingreso más que la edificación era el vacío.
En parte de sus edificaciones funcionaron el antiguo colegio San Fernando y la Universidad, se implantó una antigua cruz (1627) en la que se talló la frase de Eugenio Espejo médico y precursor de la independencia, por iniciativa del presidente Eloy Alfaro en 1910 que dice: “Al amparo de la cruz, sed libres, conseguid la gloria y la felicidad”.
Su piso original de tierra a mediados del siglo XIX fue transformado en un parque, que conservó una fuente, tuvo piso de piedra tallada, su vacío fue refugio de los quiteños durante el terremoto de 1868, en 1892 fue denominado plaza Sucre exponiendo el monumento al prócer de la independencia. En 1900 tuvo luz eléctrica, continuó con funciones residenciales y comerciales a su alrededor, albergó varios hoteles debido a la proximidad del Terminal Terrestre, fue parada de coches a caballo y más tarde de autobuses, nudo de tránsito, cruce de circulación vehicular y de encuentro poblacional. La intensidad y densidad del tránsito redujo a la plaza a pequeñas islas rodeadas de vías que contenían el espacio del monumento a Sucre, el espejo de agua y la cubierta en hormigón de la parada de buses, fue entonces cuando el vacío que era su esencia desapareció.
En 1977, por el deterioro físico y social de la plaza y su entorno, formó parte del plan integral municipal para recuperar el Centro Histórico, el proyecto de la plaza le dio nueva imagen, buscando con su trazado un equilibrio entre el monumento religioso y el civil, iglesia-convento y monumento a Sucre, mediante el suave desnivel y las franjas dibujadas en el piso del gran vacío, que dirigen la atención hacia ambos, pero por la incomprensión de sectores ciudadanos tradicionalistas, el monumento fue trasladado al centro sobre las franjas e interrumpiéndolas quedando vacío el sitio al que las mismas se dirigen.
La plaza cuenta, además, con otras edificaciones de valor histórico como la casa del ex Presidente García Moreno construida en 1875, la antigua Casa de Santa Elena en el solar más antiguo que perteneció al conquistador toledano Diego de Torres primer alcalde de Quito durante el siglo VXI y encomendero. El resto de fachadas conforman un ambiente discreto sin disonancias para acompañar el monumento y un acogedor espacio vacío de encuentro ciudadano.
https://maps.app.goo.gl/5i6rBmysaxhfJPnG6
Bibliografía
Rolando Moya Tasquer, Evelia Peralta Guía Arquitectónica de Quito, 2007, Ed. Trama.