Por: Evelia Peralta
Recordaremos, a partir de este 2025, su rostro serio, su cabello canoso y su vestimenta sobria. El arquitecto Frank Gehry, quien a los 96 años partió el 5 de diciembre, dejó para el mundo, y para la arquitectura en especial, un extraordinario legado.
¿Cuál fue el primer hito? Quizá su residencia situada en California, EE. UU., que habitó desde 1970: una casa colonial tradicional de los años 20, de cubierta inclinada y materiales convencionales, que se vio sorprendentemente transformada por una nueva expresión de cubos de vidrio y metal. Estos cubos, dispuestos en distintas posiciones a su alrededor, cambiaron notablemente su aspecto. Esta inserción sorprendente marcaba el inicio del deconstructivismo, una corriente de la arquitectura que, al romper y fragmentar la geometría, estructura y simetría de sus formas, daba paso a una nueva y revolucionaria expresión. Era capaz de romper con siglos de statu quo de la composición formal y ser, de alguna manera, verdaderos herederos de esa nueva manera de ver.
Siguiendo al filósofo francés Jean Jacques Derrida en los años 60, partiremos de una visión no esquemática que nos enfrenta a una nueva manera crítica de ver. Esta visión, en términos amplios, relaciona texto y significado y reconoce la contradicción y las desigualdades entre múltiples expresiones presentes en el pensamiento occidental. Esta teoría visualiza la descomposición del todo en las partes que lo componen y promueve procesos de diseño contradictorios respecto a los habituales, que no son lineales ni se basan en la geometría euclidiana dominante. En cambio, hacen de la fragmentación de su proceso y resultado una manera de reinterpretación analítica de formas, texturas y otras propiedades, logrando una nueva visión. Estos procesos implican develar cómo se producen los procesos constructivos y los significados que les dan sentido, yendo más allá de la simple y primera visión de su apariencia para descubrir su riqueza y complejidad.
Frank Gehry nos legó un conjunto de obras que traducen esa nueva forma de ver y hacer, como el Museo Guggenheim de Bilbao, el Walt Disney Concert Hall y la Fundación Louis Vuitton. Sin embargo, es la Casa Danzante en la ciudad de Praga la que devela los principios deconstructivistas en la trama urbana, a través de su volumen en el juego de similitud y contraste respecto de la imagen habitual de edificaciones con funciones similares. En ella se traducen sutiles cambios en el alineamiento de vanos similares que eclosionan en el volumen esquinero, otorgándole al común y acostumbrado ángulo recto no solamente la forma curva con una veladura que la cubre, sino el desplazamiento del volumen que se derrama sobre el suelo, dando la sensación de un todo en movimiento.
Más allá del caso particular que nos ubica en la sutileza de su edición, pensemos en los edificios icónicos que han revitalizado ciudades. Estos se han transformado en atractores de millones de turistas, seducidos por sus singulares formas en movimientos contrastantes de curvas y contracurvas, y por su sorprendente densidad de volúmenes. Pensemos en cómo trabaja la estructura que cumple su función y a veces la trasciende para ser sometida al juego atípico de los ritmos y las formas. Pensemos en sus espacios interiores, donde la mirada capta una diversidad de impactos espaciales por el efecto cambiante de la luz en las también cambiantes formas: espacios comunes adjetivados por la presencia de lo contradictorio en lo habitual, en una coherencia entre el afuera y el adentro. Estamos llamados a ver la diferencia de la racionalidad precisa y quieta de la modernidad para vivir la contradicción vital de esta nueva realidad arquitectónica.
Saludamos el magnífico legado de Frank Gehry, para aprender de él la creatividad y el propósito. No para intentar repetir las formas —cosa difícil de lograr—, sino para estar dispuestos a enfrentar los nuevos desafíos que nos plantea nuestro tiempo, donde la arquitectura no estará «escrita en piedra».